Thursday, April 26, 2007

Inocente, señoría.

Me declaro inocente, señoría.
Yo llevaba el plato de sardinas y me disponía a colocarlo sobre la mesa antes de comenzar la comida familiar. No sé cómo, lo juro, tropecé. No fui capaz de retener ninguna sardina en el plato y todas terminaron desperdigadas por el suelo. Qué faena. Varios pares de ojos me censuraron con todo el rigor que el parentesco es capaz de desplegar, que ya es decir. Tímidamente me agaché a recoger el pescado caído, y mientras colocaba sardina tras sardina nuevamente en el plato, hice gala de todo el absurdo que soy capaz de desenvolver en una situación como ésa, que ya es decir.
-Bueno... A río revuelto ganancia de pescadores...
No tuvo ni pizca de gracia. Entonces se abrió un interesante debate en el que no me dejaron participar acerca de si convenía o no comer esas sardinas que tan torpemente habían acabado en el suelo. La sección más pudorosa de la familia se salió con la suya, nos deshicimos de las sardinas y se acordó preparar unos salmones que se habían reservado para una ocasión más especial. Esta vez yo me quedaría quietecito y no tocaría ni un plato.
Cuando ya estábamos sentados a la mesa, cada uno con su ración de pescado, de alguna manera extraña, el salmón que me disponía a engullir se escurrió entre el tenedor y el plato, salió disparado de la mesa y se deslizó durante unos segundos por el suelo. Parecía que por unos momentos recuperase la vida y estuviese huyendo por un río de baldosas. Nuevamente fui el blanco de todas las miradas inculpadoras. Nuevamente tuve que decir una de esas frases:
-Parece que hoy es el día del pescado por los suelos, ¿eh?
Entonces surgió una voz. La voz que todo el mundo en un momento de su vida habrá deseado no escuchar. La voz que lo dice todo.
-Lo haces a propósito porque no te gusta el pescado.
Sinceramente, ¿quién no ha tenido alguna vez algún incidente en el que se vea implicado un pez? Para que vean que por mi parte no hay ningún rencor, incluiré una foto de un salmón. Pero no crean que no estoy preocupado, y estas preguntas resuenan en mi cabeza como bolas de billar que saltan de la mesa al suelo. ¿De veras lo habré hecho a propósito? ¿Es tan poderosa la voluntad de mi subconsciente? ¿De verdad que hay gente a la que le gusta el pescado?

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