El día que no vimos a Brad Pitt
El tarro de lentejas lleva en el congelador más de cuatro meses. No soy muy lentejero. Se las he ofrecido a todo el mundo, pero por razones que no comprendo, todos las rechazan y ya no sé qué hacer con ellas. Mi madre sugiere que las descongele y las tire por el retrete, pero es que mi madre no conoce la historia de la lagartija que vivía en las alcantarillas y que un día comenzó a comer las lentejas que un incauto tiró por el retrete y se convirtió en un dinosaurio gigantesco que casi destrozó el planeta.
Pero un día vi esta foto.
Ella, tan delgada, y con tantas bocas que mantener... Y a continuación me entero de que él vendrá al festival de cine de Donosti. Eran los candidatos ideales para recibir las lentejas. Así, monté en el coche y conduje las seis horas que separaban Ferrol de Donosti con el noble propósito de entregarles el tarro de lentejas congeladas.
Frente el hotel no había más que paraguas abiertos de adolescentes alocadas que esperaban en estado de ansiedad como si también tuviesen la imperiosa necesidad de entregarle lentejas a su héroe. Mientras yo intentaba hacerme un hueco entre tanta cría me preguntaba si no sería exagerada la cantidad de lentejas que esa familia iba a tener si todos lográbamos darle nuestra comida.
Algunos gritaban "Braaaaaaaaaaaaaad", otros lanzábamos los ojos hacia las puertas y ventanas para poder captar un flash de pelo rubio que sugiriese que definitivamente aparecería. Estoy por asegurar que capté varios de esos flashes del personaje, como ocurría en "El club de la lucha", pero las certezas son escasas sobre todo en una noche lluviosa de Donosti ante tanta excitación del personal. "Braaaaaaaaaaaaaaaaad", nuevamente martilleando en mis oídos y provocándome la inquieta sensación de que me estaba equivocando de proyecto, y que Brangelina no era el candidato ideal para mantenerme esperando en aquel sitio, bajo la lluvia equivocada, así que la decisión fue ir a ver el estreno de la última película de Woody Allen.
Ese fue el día en que cambié a Brad Pitt por Woody Allen. Volvería a hacerlo mil veces más. En el fondo, ese acto resume mi vida a la perfección. Al salir del cine, la multitud de paraguas que se agolpaban frente al hotel se había ido. Hubo la tentación de acercarse hasta allí y preguntar si Brad había cenado ya (por si acaso aún quería...) o se había ido a la cama o ya estaba en un avión camino a casa que tenía que acostar a sus niños... O acaso era mejor dirigirse a ver si estaba tomándose unos pintxos en los bares de las calles de Donosti, aunque luego creí verlo tratando de echar unas monedas en el parquímetro de la zona azul, pero cuando me acerqué a él para decirle que a esas horas no necesitaba pagar por aparcar allí, me di cuenta de que no era él, aunque tampoco ahora estoy en disposición de asegurar que no lo fuera... Le ofrecí a aquel hombre las lentejas, y no las aceptó.
La moraleja de todo esto es, sin duda, que mientras tengamos lentejas en el congelador, habrá un pequeño Brad Pitt dentro de nosotros. Piensen el ello. Yo también lo haré, aunque creo que no le encontraré sentido.
Pero un día vi esta foto.

Ella, tan delgada, y con tantas bocas que mantener... Y a continuación me entero de que él vendrá al festival de cine de Donosti. Eran los candidatos ideales para recibir las lentejas. Así, monté en el coche y conduje las seis horas que separaban Ferrol de Donosti con el noble propósito de entregarles el tarro de lentejas congeladas.
Frente el hotel no había más que paraguas abiertos de adolescentes alocadas que esperaban en estado de ansiedad como si también tuviesen la imperiosa necesidad de entregarle lentejas a su héroe. Mientras yo intentaba hacerme un hueco entre tanta cría me preguntaba si no sería exagerada la cantidad de lentejas que esa familia iba a tener si todos lográbamos darle nuestra comida.
Algunos gritaban "Braaaaaaaaaaaaaad", otros lanzábamos los ojos hacia las puertas y ventanas para poder captar un flash de pelo rubio que sugiriese que definitivamente aparecería. Estoy por asegurar que capté varios de esos flashes del personaje, como ocurría en "El club de la lucha", pero las certezas son escasas sobre todo en una noche lluviosa de Donosti ante tanta excitación del personal. "Braaaaaaaaaaaaaaaaad", nuevamente martilleando en mis oídos y provocándome la inquieta sensación de que me estaba equivocando de proyecto, y que Brangelina no era el candidato ideal para mantenerme esperando en aquel sitio, bajo la lluvia equivocada, así que la decisión fue ir a ver el estreno de la última película de Woody Allen.
Ese fue el día en que cambié a Brad Pitt por Woody Allen. Volvería a hacerlo mil veces más. En el fondo, ese acto resume mi vida a la perfección. Al salir del cine, la multitud de paraguas que se agolpaban frente al hotel se había ido. Hubo la tentación de acercarse hasta allí y preguntar si Brad había cenado ya (por si acaso aún quería...) o se había ido a la cama o ya estaba en un avión camino a casa que tenía que acostar a sus niños... O acaso era mejor dirigirse a ver si estaba tomándose unos pintxos en los bares de las calles de Donosti, aunque luego creí verlo tratando de echar unas monedas en el parquímetro de la zona azul, pero cuando me acerqué a él para decirle que a esas horas no necesitaba pagar por aparcar allí, me di cuenta de que no era él, aunque tampoco ahora estoy en disposición de asegurar que no lo fuera... Le ofrecí a aquel hombre las lentejas, y no las aceptó.
La moraleja de todo esto es, sin duda, que mientras tengamos lentejas en el congelador, habrá un pequeño Brad Pitt dentro de nosotros. Piensen el ello. Yo también lo haré, aunque creo que no le encontraré sentido.